La Curva del Tiempo
- por Ariel Alejandro Perez Foussats

- 17 may
- 6 min de lectura
Volví en un día sin fecha. Era junio, o era enero. El aire tenía esa tibieza ambigua que no decide si es del mar o de los recuerdos. Habían pasado más de cuarenta y cinco años y, sin embargo, algo —no sabría decir qué— me guiaba hacia allá como un péndulo cansado que por fin reconoce su centro.
No buscaba un lugar.
Buscaba un temblor.
El camino era familiar, pero ajeno. Algunas casas seguían en pie, descoloridas por la brisa del Atlántico, y otras eran nuevas, anónimas. Las calles de tierra compacta y las veredas a medias parecían dormidas en una siesta perpetua. Los eucaliptos, sin embargo, seguían allí. Altos, aromáticos, con esa dignidad callada de los que han sido testigos de todas las partidas y todos los regresos.
Caminaba sin prisa, como si cada paso tuviera que reconstruir el tiempo desde los huesos. En el bolsillo llevaba una foto doblada —no de ella, no mía— sino del camino. Esa curva que alguna vez fue frontera entre la adolescencia y la leyenda. Nadie me esperaba, lo sabía. Pero algo sí. Algo estaba atento.
Y fue entonces, justo antes de llegar a la curva, que el aire cambió.
Un silencio distinto cayó sobre todo: no ausencia, sino presencia contenida. El mundo parecía inhalar. Sentí la certeza —no la sospecha— de que algo estaba por ocurrir. Me detuve en seco, como si mis propios pasos se reconocieran a sí mismos, años atrás.
La curva.
La misma.
Exacta.
Tenía la forma de siempre: una S suave entre árboles, un pliegue del tiempo. Ni subida ni bajada, ni comienzo ni fin. Una curva sin destino que, sin embargo, llevaba al corazón de lo que fui.
Y allí, parado junto a la motocicleta, estaba él.
Yo.
El de 1979.
El del pelo claro, los ojos inquietos y la campera abierta al viento.
El que aún no había perdido.
El que aún creía.
El que se sentía con derecho.
Apoyado con naturalidad contra la moto, como si nunca se hubiera bajado de ella. El motor apagado, pero latente. La mirada suelta, como si acabara de llegar de un paseo largo o de un sueño breve.
Me observó llegar como quien reconoce algo inevitable.
Y sonrió.
Esa sonrisa no era la mía de ahora.
Era la que tuve antes de que supiera lo que cuesta el tiempo.
—Tardaste —dijo, como si hubieran pasado apenas unos minutos.
Y entonces supe que ya no había vuelta atrás.
Porque lo que me esperaba no era el pasado.
Era yo mismo, en el preciso momento en que me había empezado a olvidar.
Me acerqué sin hablar, como si un sonido pudiera romper la delicada geometría de lo que estaba ocurriendo. Él no se movió. Me esperaba, lo supe por su quietud.
No se trataba de sorpresa.
Se trataba de reconocimiento.
—No sabía si ibas a estar —dije, y sentí que mi voz salía desde muy lejos. Una voz gastada por el calendario.
Él me miró con ternura, sin solemnidad. Como si yo fuera un viejo amigo al que se le perdonan todas las demoras.
—Yo siempre estoy acá —respondió—. Vos sos el que se va.
Nos sentamos en el pasto, al lado del camino. El mismo árbol que recordaba —ese eucalipto alto, inclinado hacia el norte— nos dio sombra. El silencio que se formó era casi físico, como una manta tibia que nos cubría. En ese instante, el tiempo no era línea: era estanque. Un espejo sin fondo.
Él sacó de la campera una petaca metálica, raspada por los años. Me la ofreció.
—No es por el whisky. Es por el rito.
La tomé, le di un sorbo breve. El sabor me devolvió algo que no supe nombrar: una noche en el bosque, la risa de ella, un fuego encendido con ramas húmedas y promesas.
—¿Y entonces? —dijo él—. ¿Lo lograste?
—¿Qué cosa?
—Eso que querías. Lo que decías que ibas a ser. El hombre, el marino, el escritor, el que se iría inevitablemente lejos, pero volvería distinto.
Pensé en responder con palabras. No pude. Así que lo miré, simplemente. Y en ese cruce de ojos, algo se entendió.
—Logré no olvidarte —dije por fin—. Aunque lo intenté.
Él bajó la mirada. No era tristeza. Era respeto.
—¿Y ella?
La pregunta no me tomó por sorpresa. Su nombre estaba flotando entre nosotros desde que llegué. Como un perfume, como una música apagada.
—La soñé tantas veces que no sé cuál es la verdadera.
Él sonrió. Sacó una hoja doblada del bolsillo interior de su campera. Me la tendió como quien entrega un talismán.
—Es para vos.
Era una carta. El papel amarillento, la tinta azul ligeramente corrida. La letra, esa letra… no había duda.
“Ariel querido:
Si algún día volvés a la curva, quedate un rato.
Los que fuimos siguen andando por ahí.
Yo también.
Tal vez llegues antes que yo.
O tal vez yo ya haya estado.
Lo importante es que te reconozcas.”
Al terminar de leer, sentí un nudo en la garganta. Lo sostuve. Él no habló. Me dio tiempo.
—¿La viste?
—A veces. En otras versiones del mismo recuerdo. En caminos que se bifurcan. Ella aparece. Nunca dice adiós.
Me puse de pie. No podía estar más tiempo quieto. El pecho me latía como si algo estuviera por abrirse. Entonces él, con toda naturalidad, sacó de su bolsillo una llave.
Era pequeña, de hierro, con una forma extraña: parecía no pertenecer a ninguna cerradura conocida.
—Es tuya —dijo—. Siempre lo fue.
La depositó en mi palma con un gesto casi ceremonial. Pesaba poco, pero tenía una densidad simbólica que sentí en el centro del pecho.
—¿Qué abre?
Él me miró largo, con la misma seriedad suave de quien ha vivido muchas veces la misma escena.
—Abre lo que olvidaste. Pero también lo que aún no pasó.
—¿Y si no encuentro la cerradura?
—La cerradura no está afuera.
Antes de que pudiera decir algo más, el viento se levantó. Un murmullo se coló entre las ramas. Volví la vista hacia el camino… y allí estaba ella.
Ni joven ni vieja. Ni real ni imaginaria.
Era ella. Eterna. Etérea. Con su mirada clara, su andar sereno.
No dijo nada.
Se acercó con la dulzura intacta. Me tomó la mano. Me miró profundo.
—No viniste tarde, Ari. Viniste cuando tenías que venir.
—¿Vos también estás atrapada en este lugar?
—No. Yo estoy en vos.
Y entonces, sin que nadie más hablara, supe que esa llave no abría una puerta.
Ni una caja.
Ni un recuerdo.
Sino un instante.
Uno solo.
En el que todo —pasado, presente, deseo, ausencia— se unía.
Y duraba lo suficiente como para cambiarlo todo.
Nos quedamos así, los tres.
O tal vez los dos.
O tal vez uno solo dividido en reflejos.
El viento soplaba suave, como si la escena no pudiera romperse. Ella no habló más. No hizo falta. Su presencia era lo que debía ser: una memoria encarnada, una promesa cumplida en otra dimensión del tiempo.
Me guardé la llave en el bolsillo. No como quien guarda un objeto, sino como quien acepta un enigma. Caminamos juntos unos pasos —yo y el que fui— hasta que él se detuvo.
—De acá en adelante vas solo —me dijo.
—¿Por qué?
—Porque ya me llevas con vos.
Lo abracé. Fue como abrazar una sombra tibia. O una imagen de un sueño que todavía late al despertar. No se despidió. Ni yo.
Simplemente…
me fui.
Volví a andar por el camino de tierra, dejando atrás la curva, los árboles, el temblor. Cada paso era un desdoblamiento. Ya no era el mismo. Ni tampoco otro.
Mientras bajaba hacia el pueblo, el cielo comenzó a abrirse. Una franja de sol se coló entre las nubes y tiñó el mar de oro pálido. No era una luz cualquiera. Era una señal.
Me detuve un instante. Saqué la llave del bolsillo. La observé con atención. Por primera vez noté una inscripción diminuta, casi borrada, en el metal.
“APF.”
Mis iniciales.
Pero también… ¿las de quién más?
Dudé. Volví a guardarla.
Sentí algo.
Una vibración leve. Una conciencia.
Como si la llave ya estuviera en uso.
Y entonces, lo comprendí.
La llave no abría un objeto.
La llave era el objeto.
Y yo, el cofre.
Ella, el conjuro.
El muchacho, la advertencia.
El balneario, el mapa.
La curva, el umbral.
La cerradura… era el instante en que acepté que el tiempo no es una línea, sino una figura.
Una forma circular.
Un pliegue.
Una curva.
No miré atrás.
No lo necesitaba.
Porque todo lo que fui, lo que amé, lo que esperé y perdí… estaba conmigo ahora.
Adentro.
Donde la llave ya había girado.
Y el sonido, aunque leve, fue nítido:
clic.




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