El Cruce
- por Ariel Alejandro Perez Foussats

- 16 sept 2025
- 5 Min. de lectura
En las postrimerías de la lucha por la libertad, cuando la campaña de la Banda Oriental se encontraba sembrada de esperanzas y traiciones, Mario Arboleya, nacido en Santo Domingo Soriano y lugarteniente del Ejército de José Artigas, cortaba campo de madrugada con la encomienda de llevar rollos de instrucciones y mensajes al Gral. Otorgués, el segundo comandante de la milicia artiguista y a cargo del gobierno de Montevideo. La oscuridad lo acechaba en forma amenazadora, y sólo podía confiar en su pinto, que ya bastante cansado respiraba con fuerza. Esa respiración que podía ver como una nube irregular frente a su cabeza, remedaba los belfos de un antiguo dragón.
La luna, en su eterna persecución, derramaba su resplandor plateado sobre la pampa oriental; y los arroyos, en su eterno murmurar, parecían repetir historias olvidadas. El capitán Arboleya era un militar de pura cepa, hijo de militares coloniales y nieto de primeros pobladores de Montevideo. Desde niño supo aprender las tareas rurales, teniendo que comandar tanto peones como milicias. Llevaba en esa ardua e ingrata tarea desde 1806, en que participara heroicamente en la recuperación de Buenos Aires junto al entonces cadete Martín Miguel de Güemes. Había sido testigo de victorias y derrotas. Parafraseando a don José: “Cuántas veces los corrimos… cuántas veces nos corrieron…”. Su corazón, noble y definido por la causa de la libertad en la Federación, era leal a sus convicciones. “Nadie es mejor que nadie”, había dicho su jefe. Su persuasión de la victoria final era inquebrantable, pero se veía minada, a veces, en la desilusión de ver cómo los intereses mezquinos de unos pocos traicionaban salvajemente a los de muchos. En su pecho, liso de medallas, albergaba una firme lealtad al Protector de los Pueblos Libres. Con pesar había visto cómo los sueños de justicia y equidad eran mancillados por las apetencias de quienes anteponían ambiciones oscuras; y se preguntaba si tanto sacrificio tenía sentido al final. Esa noche, al montar su caballo y alejarse del campamento en Purificación, no sólo cargaba su pistola, sino también un cansancio que iba más allá de lo físico: el peso de la historia misma.
El primer disparo lo sorprendió por completo, ya que a la madrugada los ruidos se vuelven más agudos, dada la condición tuitiva del silencio que reina en esos momentos próximos al alba. Los otros tres no fueron inesperados, pero pasaron peligrosamente cerca. Miró por sobre su hombro derecho y atisbó las siluetas dinámicas de los tres jinetes que se acercaban a todo galope. Apretó las espuelas sobre las costillas del animal, confiando en que no recibiría otras descargas, ya que no es fácil recargar las tercerolas cuando se cabalga muy rápido. Tres a uno no era una buena probabilidad, ya que alguno de sus persecutores terminaría por alcanzarlo. Eran portugueses. Pudo ver su característico penacho rojo, deformado por el viento. Eran soldados muy temidos en esas llanuras, no por su valentía, sino por su crueldad. Estaban por todas partes, ya que, luego de que fueran requeridos por el gobernador de Montevideo, Javier de Elío, habían invadido el territorio tratando de hacerse fuertes en todo el interior. A esa altura, había una sola cosa que podría salvar su vida y la preciada correspondencia que portaba consigo: el conocimiento personal que tenía sobre toda esa vasta planicie oriental. Tenía poco tiempo, ya que las primeras luces parecían encender el verde del follaje y se esparcían intolerantes por la tierra sembrada de rocas y arboladas. En un instante eterno, con las lanzas de sus perseguidores aproximándose, le pareció ver en su oblicuo derecho una zona de pequeñas dimensiones de la que emanaba una extraña refulgencia. Con la premura de su inminente captura, solamente atinó a hacer virar violentamente la dirección de marcha de su caballo, a través de sus riendas, y entró raudamente en ese espacio desconocido para él.
Lo que sucedió luego no tuvo una explicación valedera y verdaderamente era una incógnita. Nunca recordó cuánto tiempo estuvo en estado de semiinconsciencia, pero lo cierto es que finalmente algo lo despertó abruptamente.
—¿Se encuentra bien, mi amigo?
Levantó su vista y penosamente distinguió la figura de dos hombres, de los cuales uno le ofrecía un recipiente con agua.
—¿Qué le pasó? ¿Cómo es que apareció así, de repente, de la nada?
—No estoy seguro —contestó—. ¿Dónde estoy? Tengo que llegar a las murallas de Montevideo.
—Conocemos Montevideo, pero está medio lejos. Está usted en la estancia Los Macachines, en el departamento de Melo —le aclaró amablemente uno de los dos peones, que eran sus interlocutores—. Su caballo lo atamos a aquel poste —le dijo, dirigiendo su mano hasta donde se encontraba el animal—. La marca no es de acá. ¿Y usted tampoco, no es así?
—Miren, muchachos. No les puedo decir mucho. ¿No vieron a una patrulla portuguesa que venía tras de mí?
—No, señor. Acá no hay ningún portugués. Ni siquiera sabemos dónde queda Portugal. Esto es Uruguay, paisano. Usted está seguro acá. Nadie lo va a perseguir. Venga a tomar unos mates con nosotros al puesto. ¿Conoce el mate, no?
Una sonrisa sincera se dibujó en su rostro cansado y apremiado por el mal momento del que acababa de salir airoso.
—Claro que conozco el mate —y soltó una carcajada—. Soy tan oriental como ustedes.
—Menos mal —dijo uno de los peones—, pensé que era uno de esos gringos que andan comprando campos… —y todos rieron.
Ya en la cocina, el más viejo le preguntó con esa curiosidad sana que tiene la gente del campo:
—Oiga, diga, ¿y por qué anda vestido con esas ropas de museo?
—Soy el capitán Arboleya, paisanos. Estoy al servicio de la causa artiguista. Llevo mensajes del general Artigas al general Otorgués, dentro de las murallas de Montevideo.
—Pero… será de Dios —dijo el peón—. La causa artiguista es de hace dos siglos o más. Estamos en el año 2024. Artigas murió cerca de 1850, en el Paraguay. ¿No sabía? Hoy es nuestro héroe nacional. Se lo recuerda como el Protector de los Pueblos Libres. Su nombre está en las calles, monumentos y libros de historia. Es un símbolo de resistencia, justicia y soberanía.
—¿Un símbolo? —dijo el capitán—. ¿Y qué pasó con su sueño? ¿La equidad para todos los orientales? ¿Las oportunidades para todos por igual?
Los hombres se miraron incómodos.
—No todo salió como debiera, pero la memoria de Artigas sigue viva y su idea de justicia inspira a nuestros gobernantes.
El capitán se quedó en silencio, procesando aquello que escuchaba y apenas entendía. Parte de él se sentía orgulloso de que el nombre de su caudillo sobreviviera al ajuste ingrato de la historia. Pero otra parte estaba sumida en la tristeza al enterarse de que no había visto aquella victoria tan merecida. No obstante, en su corazón sentía que la lucha por la libertad no terminaba con una derrota o una traición. Era más que eso. Era la fuerza de una idea. Era la nobleza de la conjunción de acciones que tendían a la grandeza de un Estado. Y advirtió algo en lo cual nunca había reparado, quizás porque siempre había trajinado con sus pensamientos democráticos: “Se puede ganar con una derrota”. A través del tiempo, esa derrota puede tomar tanta fuerza de su intrínseca injusticia que termina mutando en una victoria completa.
En estas cavilaciones se encontraba sumido cuando comenzó a percibir esa conversación. El diálogo era álgido y en otro idioma: en portugués.
—Não tem papéis, sargento.
—Não pode ser. Teria que carregar correspondência.
—Vamos. Deve ter sido outro militar.
El capitán Arboleya, sin poder dar crédito a sus ojos, pudo verse a sí mismo, cenitalmente, tendido en la tierra, con su chaqueta azulada perforada por un impacto de bala. No llevaba su morral de correspondencia: lo había perdido en la galopada. Los portugueses se alejaban del lugar y su cuerpo quedó frío, besando esas llanuras que tanto amaba.
Ya entrando al último sendero, donde comienza lo que termina, sintió un alivio inexplicable. Finalmente, y de cierta forma, él y su causa federal habían salido victoriosos. Habían ganado honrosamente la batalla final, que es la del tiempo.




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