La otra Confederación (PARTE 1)
- por Ariel Alejandro Perez Foussats

- 9 dic 2025
- 7 Min. de lectura
“En la Confederación no existen traidores, solo versiones erradas”.
Me llamo Albano Hernández. Fui marino durante treinta años, retirado sin muchos honores, sin escándalos ni condecoraciones. Navegué, además del mar inmenso, las aguas claras del interior de la Confederación. El Uruguay y sus otros ríos, como quien recorre una derrota marcada por los ancestros. Desde Buenos Aires hasta Asunción, y más allá; escolté embarcaciones de la Armada Nacional, transporté partes lacrados, patrullé costas sin nombre y escuché historias que nadie anotó jamás. Detallé situaciones extremas en bitácoras que ya no existen, combatí motines sin rostros. Escuché con atención relatos de viejos capitanes, murmullos del viento en las velas, cuando el sol bajaba tras las islas del Este. Me vi envuelto en lúgubres revoluciones y desenfrenadas traiciones. Pero, indefectiblemente, y por entera convicción, siempre estuve del lado de la Confederación y de la libertad.
Desde que dejé el servicio, ya viudo, y con 57 años, vivo en un caserón modesto en Arroyo de la China, Entre Ríos. Las glicinas se enredan en los balcones como recuerdos dulces, y los timbós dan sombra al archivo de mi tatarabuelo, guerrero artiguista que peleó en los tiempos fundacionales. Ese archivo es un templo sin nombre. Guarda mapas dibujados a mano, proclamas en tinta sepia, cartas con bordes quebradizos y símbolos de una patria nacida río adentro, lejos de imperios, de virreyes, de centralismos. Todo está envuelto en un silencio espeso, el mismo que hay en los barcos vacíos antes de zarpar.
Esa patria, la nuestra, nació en 1820, cuando el General José Gervasio Artigas vencía a Francisco Ramírez —el Pancho Ramírez de la historia— en Arroyo de las Tunas, muy cerca de Paraná. Fue una victoria seca, definitiva, que dio vuelta todo. El proyecto artiguista no se disolvió: floreció. Se firmaron los pactos, se fundó la Confederación del Río de la Plata, basada en la Liga Federal, y Buenos Aires se volvió apenas un puerto periférico, subordinado a la voluntad común de las provincias libres. Las escuelas enseñan esa historia. Los monumentos la celebran. En cada plaza de nuestras ciudades, la bandera tricolor federal flamea sobre el celeste intacto.
Así lo aprendimos. Así lo viví. Nunca hubo dudas. Hasta que, hace tres meses, algo comenzó a filtrar humedad en los tabiques de la historia.
Era el invierno de 1923. Una tarde tibia. Lloviznaba sobre los tejados de zinc y el río tenía esa calma que anuncia secretos. Revisando una caja olvidada en el altillo, entre papeles cubiertos de moho dulce y recuerdos, encontré un cuaderno de grandes dimensiones, forrado en tela celeste. Las letras del lomo estaban comidas por el tiempo, como si alguien hubiera querido borrarlas sin éxito. Dentro no había partes de guerra ni diarios de navegación. Había otra historia. Una historia donde Artigas no triunfaba. Donde Ramírez lo enfrentaba y ganaba. Donde Buenos Aires se convertía en capital. Y la Confederación... simplemente no existía.
No era una fábula. Había nombres. Fechas. Sello oficial. Documentos extraños.
Un grabado mostraba un edificio con cúpula imponente y una bandera desconocida flameando arriba. En otro folio, un mapa señalaba una nación llamada “Argentina”, extendida desde el norte hasta el sur del continente. Había billetes con rostros que nunca estudiamos, nombres de calles que no existen, un recorte de prensa impreso en tipografía ajena y una hoja suelta con una inscripción imposible: “José Gervasio Artigas, caudillo derrotado del litoral”.
La tinta no parecía vieja. El papel tampoco. El estilo era de otra época. De otro mundo. ¿Cómo habían aparecido allí? Nunca pude saberlo. Desde entonces, los sueños han cambiado. Y el río, algunas noches, ya no fluye hacia el mar. Fluye hacia otra realidad. Una que no conozco. Una que tal vez no debería existir.
La conocí una mañana opaca, de esas en que el agua se confunde con el cielo. Había estado lloviendo toda la noche y las glicinas rezumaban agua como si lloraran algo que no sabían nombrar.
Tocó la puerta con tres golpes exactos. Firmes. Medidos. Cuando abrí, se quedó unos segundos sin hablar. Tenía un sombrero de fieltro gris claro y un sobretodo que parecía más antiguo que ella. Los ojos eran de un color incierto, entre verde y ámbar, y sostenían la mirada sin apuro. Llevaba un maletín de cuero oscuro, gastado en las esquinas. No parecía nerviosa. Parecía parte del día.
—¿Usted es Albano Hernández? —preguntó con voz suave, sin duda ni cortesía excesiva. Asentí. —Me llamo Clara Ramírez.
Me quedé quieto. El apellido se me clavó como un alfiler bajo la clavícula. Ramírez. Francisco Ramírez. El traidor, el que desertó del pacto, el que atacó por la espalda en Las Tunas. El vencido. El nombre que la Confederación enterró sin ceremonia.
—¿Y a qué debo su visita? —logré decir. Ella levantó el maletín apenas, como si eso explicara todo. —Lo que usted encontró. El cuaderno. No es el único. Nos sentamos uno frente al otro, en la sala que olía a humedad y tabaco que ya no fumo. Ella apoyó el maletín sobre la mesa baja, sin abrirlo, como si supiera que el verdadero contenido aún no estaba adentro. O como si necesitara que yo estuviera listo. —Mi abuelo en tercer grado —dijo sin preámbulos— también estuvo en Las Tunas. Del otro lado. El que perdió.
La miré sin decir palabra. Una parte de mí esperaba la provocación. Otra la temía. Ramirista. Había crecido con esa palabra cargada de sombras. Años de escuela, desfiles, himnos, y la advertencia de no nombrar ciertos apellidos con ligereza.
—¿Y por qué viene ahora? —pregunté—. ¿Por qué yo? —Porque usted encontró una fisura —dijo—. Una grieta. Algo que no debería existir... pero existe.
Me tomó unos segundos hablar.
—No entiendo. —Sí entiende —replicó suavemente—. Usted vio la otra historia. La que pudo ser. La que, sin embargo, respira en los márgenes del tiempo.
Me incliné hacia ella.
—¿Qué es usted? ¿Una espía? ¿Una historiadora? ¿Una farsante?
La mujer sonrió. No con burla. Con tristeza.
—Soy solo alguien que recuerda. Y que necesita de los recuerdos para salvar el futuro. Me sentí desplazado. No solo en la conversación. En el tiempo. En la casa. En el mundo. Ella no hablaba con la lógica de esta tierra ni de este siglo. Había algo en su forma de expresarse... no controversial, sino desplazado. Como si arrastrara consigo otra versión del lenguaje, otro ritmo, otra música.
Y entonces, sin ceremonias, sin más, desabrochó las correas del maletín. El sonido fue seco, como una columna que se cae. Sacó un paquete de documentos envueltos en tela azul. Y debajo, una caja pequeña de madera laqueada.
—Esto —dijo— no debería existir en este mundo. Pero existe en otro. O en muchos. Extendió los papeles sobre la mesa. Reconocí la tipografía del recorte que había hallado en el altillo. Era el mismo estilo. Las mismas líneas. Pero ahora había más: un plano de Buenos Aires ocupando toda la cuenca; una carta fechada en 2023 —cien años adelante— con membrete oficial; y una nota manuscrita: “Albano H. es clave para mantener la línea. El desvío debe corregirse”.
Me paralicé.
—¿Qué es esto? —musité.
Clara abrió la caja de madera. Dentro, una cuña de metal, antigua. De hierro. Pesada.
—Esto abre una puerta —dijo. —¿Una puerta a qué? —A la otra Confederación. A la que fue. O pudo ser. O está esperando que alguien vuelva.
La miré sin poder hablar. Y por primera vez pensé que tal vez el río no solo fluye. Tal vez, también, nos mira. Esa noche me costó conciliar el sueño.
El maletín quedó sobre la mesa, intacto, como una nota dormida. Clara decidió quedarse en la habitación del fondo. No pidió permiso, en realidad. Lo anunció con una naturalidad desarmadora, como quien ocupa su lugar legítimo en su casa de otro tiempo. Afuera, el río murmuraba algo viejo. No era viento. Era lenguaje. Encendí la lámpara de aceite del escritorio. Extendí los papeles que Clara había traído y los comparé con los del archivo familiar. Las fechas no coincidían, pero se espejaban. Donde en mi mundo había pactos, en el suyo había traiciones. Donde nosotros teníamos plazas con banderas federales, ellos erigían obeliscos. Y donde Artigas era el pilar, allí era el mármol del olvido.
Pero no era solo eso. En uno de los documentos, fechado en Colón, en diciembre de 2023, figuraba mi nombre completo, con número de legajo naval, y una frase que aún ahora me eriza la piel: “Identificado como factor de encrucijada. Conoce la desviación. Custodia la cuña que abre el espiral segmentado del tiempo”.
La cuña pesaba como si estuviera cargada de siglos. Clara no quiso decirme dónde abría. Solo que no estaba lejos. Que el momento no sería elegido por ella ni por mí.
—Al amanecer —dijo en voz baja.
Salimos sin hablar más. Caminamos entre las nieblas densas que suben desde el pelo del agua cuando la mañana no se decide. Era muy temprano. Cruzamos el puente viejo y bordeamos el muelle de piedra. En ese silencio espeso, cada paso parecía crujir como una página que no debería leerse.
Clara se detuvo frente a una estructura de hierro oxidado, cubierta de enredaderas y sombra. Era un antiguo depósito naval, cerrado desde los años de la reorganización del puerto.
—Aquí —dijo.
Metió la cuña en una cerradura oculta bajo una placa de bronce sin inscripción. La puerta cedió. Adentro, todo era oscuridad húmeda y el eco de un tiempo detenido. No había mobiliario. Solo una pared gastada frente a nosotros. Clara me hizo cerrar los ojos. Comencé a temblar. Vi mi rostro envejecido. También yo mismo con el uniforme azul artiguista, resplandeciente. Mi tumba, junto a una cruz de madera que decía: “Murió por lo que no fue”.
—¿Qué es esto? —susurré.
Clara se acercó a mí. Me tomó cariñosamente del hombro. Me señaló el camino, que era oscuro. Me miró una última vez.
—A veces, Albano, hay que optar por la versión que espera por nosotros. —¿Y si no volvemos? —Tal vez ya no estemos aquí.
Me ofreció la mano. Dudé apenas. Luego la tomé. Y cruzamos. |




Como todos en los relatos del autor, el lenguaje da cuenta de una originalidad y estilo muy propios con elementos de realismo mágico, prosa y figuras literarias que dan cuenta de una verdadera creación.
Al mismo tiempo, este estilo es un eje que va más allá del tema ... se mete en la mente del lector movilizando ideas, concepciones, y emociones profundamente, por ello, podríamos decir que existe en el acto de leerlo un paralelismo en nuestras vida y pensamiento, porque el mensaje final da cuenta de que a existencia es inacabada, plena de incógnitas y creencias, y por supuesto impacta en nuestra psique. Es un placer esta lectura que nos lleva por caminos de la mente, caminos que a…
Excepcional!