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El Eco de Pavón

  • Foto del escritor: por Ariel Alejandro Perez Foussats
    por Ariel Alejandro Perez Foussats
  • 15 nov 2025
  • 7 Min. de lectura

Hay un lapso de tiempo, en la guerra, que no pertenece a ningún ejército: la víspera.No es aún el combate ni tampoco la calma desenfrenada del final. Es el espacio entre dos mundos: el del temor y el del olvido.Esa hora —anónima, temida, sin himnos ni disparos— fue la que abrazó al teniente Santos Larramendi, del Ejército de la Confederación Argentina, aquella noche del dieciséis de septiembre de 1861.


El campamento, montado junto a los esteros turbios del arroyo Pavón, dormía de un modo extraño. No era un sueño real, sino una suspensión del tiempo. Los soldados, envueltos en sus mantas, parecían anticipar su condición futura de cadáveres. Algunos murmuraban oraciones, otros recordaban fragmentos de historias con mujeres o infancias remotas. Nadie hablaba del amanecer.


Larramendi estaba despierto. No por miedo, sino por esa vieja costumbre de los que saben que el deber no duerme. Leía —o fingía leer— un pliego mal doblado que contenía las disposiciones del Estado Mayor. La letra era firme, innecesaria, como suelen ser las órdenes dictadas más por protocolo que por convicción.


Fue entonces cuando lo vio. No hubo anuncio ni centinela. El hombre simplemente estaba ahí, de pie, al otro lado de la lumbre que apenas chisporroteaba entre ramas secas. Llevaba un gabán oscuro, un sombrero con cinta ancha y un gesto que no era altanero ni servil: era extranjero. Lo era por el modo de mirar, por la postura, por la leve forma en que parecía observar el mundo como si lo hubiese dibujado antes en un cuaderno de campaña.


—¿Busca a alguien? —preguntó el teniente, sin levantarse.—No. Lo encontré a usted —respondió el otro, en un castellano deliberado, como quien ha ensayado cada palabra para que no suene falsa.


Larramendi, aún sin comprender, se incorporó lentamente. El forastero no ofreció documentos ni explicaciones. Dijo su nombre con voz neutra:—Thomas Jefferson Page.

La frase flotó en el aire como un disparo sin eco. El teniente, que había leído algunos nombres en la correspondencia militar de Urquiza, reconoció en ese apellido una resonancia lejana, como de mapas, ríos y tratados.


Page, sin esperar invitación, se sentó junto al fuego. Parecía más interesado en el silencio que en las preguntas.—Vengo de los ríos —dijo al fin—. De los verdaderos.

Esa frase, por absurda o por exacta, quedó grabada en la memoria del teniente. ¿Qué otros ríos podían haber sino los de la carta geográfica? ¿Qué implicaba esa diferencia entre lo verdadero y lo otro?


—¿Y qué busca en este campamento? —preguntó Larramendi, ya más tenso que curioso.—No busco. Solo observo. A veces, el destino necesita testigos.


El teniente quiso responder algo, pero se detuvo. Supo —como se saben ciertas cosas sin razón— que no debía interrogar más.


La noche avanzó. El fuego menguó. Page habló de batallas remotas, de corrientes invisibles, de decisiones que no siempre nacen de los generales. No pronunció nunca el nombre de Urquiza, pero todo en su tono lo hacía presente. Había en su voz una erudición antigua, casi litúrgica, como si recitara hechos no ocurridos aún.


Cuando las primeras luces del este comenzaron a delinear las tiendas, el forastero se levantó con un gesto casi solemne. No se despidió. Solo dijo:—Mañana comprenderá. O no. Ambos caminos nos son útiles a veces.Y se marchó.


El oficial quedó inmóvil, como si lo que acabara de vivir no le perteneciera del todo. Más tarde, durante la batalla, juraría haberlo visto otra vez, entre la bruma del campo, caminando sin armas, como quien no teme a ninguna historia porque ya conoce su final.

El amanecer del diecisiete de septiembre no fue distinto a otros, en apariencia. Hubo sonidos de trompeta, gritos nerviosos, pasos torpes sobre el barro, órdenes impartidas como si fueran certezas. Pero para el teniente Larramendi, el día había empezado sin haber dejado de ser noche.


Había dormido poco o nada. Lo perturbaba, no la inminencia del combate, sino la presencia —o tal vez la ausencia— del forastero. Había llegado sin ruido, se había ido sin huella, y, sin embargo, parecía haber dejado una marca en la tierra misma, como una letra antigua borrada de un manuscrito que aún influye en su lectura.


El teniente encendió un tabaco con la llama débil del brasero y, sin quererlo, recordó una carta.La había leído años atrás, en el cuartel de Paraná, cuando aún era alférez y copiaba partes y memorias para sus superiores. Era una carta en inglés, aunque traducida con esmero al castellano, dirigida al gobernador Urquiza. El firmante era un tal Thomas Jefferson Page, de la marina de los Estados Unidos. El contenido era confuso: mezclaba observaciones náuticas con reflexiones sobre la Nación, como si el autor no midiera distancias entre el cauce de un río y el rumbo de una república de Sudamérica.“Las corrientes que estudian los marinos no difieren, en su lógica, de aquellas que rigen el destino de los pueblos”, decía en un pasaje.


Larramendi, en su juventud, había creído que se trataba de una metáfora. Pero ahora no estaba tan seguro.Lo asaltó otra vez aquella frase que le había dicho el extranjero: “Vengo de los ríos verdaderos”.¿Qué significaba? ¿No eran verdaderos el Paraná, el Salado, el Pavón mismo que los rodeaba? ¿Acaso hablaba de otros ríos, invisibles, hechos de causas, de pulsos, de voluntad? ¿Había venido de allí o hacia allí lo conducía su presencia?


Santos Larramendi sabía obedecer. Nunca había desafiado una orden. Pero ese día, algo en su interior parecía esperar otra clase de señal. Miraba el terreno con ojos nuevos, como si el mapa que portaba en la alforja no dijera la verdad entera.


Ya pasado el alba, cuando los hombres ajustaban los correajes y la artillería se organizaba en líneas imperfectas, lo vio otra vez.Estaba a cierta distancia del campamento, junto a una hilera de sauces, de pie, con la misma actitud ecuánime de la víspera. No hablaba ni se movía, pero su sola presencia tenía la gravedad de una advertencia.


Larramendi no gritó ni llamó a nadie. Dio un paso hacia él, y otro, y entonces tropezó con una raíz oculta. Al incorporarse, Page ya no estaba.Fue en ese instante cuando sintió, más que comprendió, que lo esencial había ocurrido. No el combate, no la estrategia, sino ese breve cruce, esa segunda aparición.Page no necesitaba hablar. Había cumplido su función: estar.


La orden que recibió poco después fue extraña. Debía replegar su sección unas centenas de metros hacia el este y formar sobre la curva del arroyo. No era una táctica habitual, pero provenía del coronel Federico Olivencia, directamente. Larramendi obedeció.Más tarde supo que ese movimiento imprevisto había despejado el paso para un grupo de lanceros que, al maniobrar sin obstáculo, quebraron uno de sus propios flancos.Lo supo sin orgullo, porque también supo que nada de eso le pertenecía del todo.Y aunque nadie volvió a nombrar al forastero, Larramendi empezó a pensar en él no como un hombre, sino como un mensajero de otro plano.Alguien —o algo— que aparecía solo en ciertos bordes de la historia, en los intersticios.


La batalla terminó con el caos habitual de los partes oficiales: vencedores que ignoraban por qué, vencidos que no sabían cuándo ni cómo. Santos Larramendi sobrevivió. La herida en el hombro no fue grave, aunque dejó una molestia persistente, como recordatorio de lo que se ignora más que de lo que se padece. Se enteró al pasar que el coronel Olivencia había sido tomado prisionero ese día y luego liberado ileso.

Pasaron semanas. La victoria de Urquiza fue proclamada con trompetas, pero en los corredores bajos del Ejército Confederado nadie celebraba del todo. Algo había cambiado, aunque nadie sabía nombrarlo.


Larramendi pidió la baja, y se le concedió sin objeción. Se retiró a una estancia familiar, cerca del río Gualeguay. Se dedicó, entre otras cosas, a leer. Y a recordar.Fue en ese tiempo —un otoño largo, de hojas ocres y pensamientos tenues— que volvió sobre la figura de Page. Decidió buscar. No por necedad, sino por necesidad. Había algo incompleto, como una palabra mal pronunciada que exige ser dicha de nuevo, correctamente.


Comenzó por archivos públicos, luego correspondencias de campaña. Encontró referencias vagas: un explorador norteamericano, un marino, un cartógrafo de los ríos del Plata. La mayoría de los documentos lo situaban entre 1853 y 1858, a bordo de un buque llamado Water Witch, relevando la cuenca del río Paraná para el gobierno de Washington.

Pero hubo un dato que lo detuvo.Thomas Jefferson Page había regresado a Estados Unidos a fines de 1860, permaneciendo allí hasta comenzada la Guerra de Secesión, donde tuvo activa participación durante todo el conflicto: primero como comandante de las defensas de artillería de Gloucester Point y otras baterías a lo largo de las costas de Virginia, y luego como capitán del acorazado CSS Stone Wall. Se dice que falleció en Roma en 1899.


Larramendi cerró los ojos. Sintió, por primera vez, un temor antiguo: no el miedo de lo inexplicable, sino el de la comprensión. Había hablado con alguien que decididamente no pudo estar donde estuvo. O con alguien que no era estrictamente un hombre.Quiso dejar la investigación. Quiso, pero no pudo. Como el que sueña con una biblioteca infinita y encuentra siempre el mismo volumen, volvió a una carta olvidada, escrita por Page y publicada en un diario estadounidense.Decía:“He conocido hombres que creen hacer la historia. Ignoran que la historia es un cauce antiguo, que fluye sin detenerse. No es el timonel el que mueve al buque. El río, invisible, es el que lo mueve, y al timonel. He venido a reconocer ese cauce.”Y firmaba con una fecha: 16 de septiembre de 1861.Un día antes de la batalla de Pavón.


Larramendi no mostró ese papel a nadie. Lo dobló con lentitud y lo guardó en un libro que no volvió a abrir.


Pasaron años. Ya anciano, cuando la guerra había sido sustituida por otros nombres —política, progreso, olvido—, el teniente recibió una visita inesperada. Era un joven de acento extranjero, investigador de historia militar. Traía notas, documentos. Había viajado desde Washington. Quería saber más sobre los hechos previos a Pavón.—Estoy estudiando a Thomas Page —dijo—. Nadie sabe bien quién era, en realidad.


El viejo teniente lo miró con una serenidad vencida por los años.—Nadie lo sabrá —respondió—. Él no vino a ser conocido. Vino a corregir algo.


E inmediatamente pensó: Yo mismo contribuí a su cometido durante aquella batalla de Pavón.


El joven agradeció y se fue. Al día siguiente, Larramendi murió mientras dormía.Dicen que en su mesa de noche había una carta sin firma. Decía una sola frase:“Los ríos verdaderos no figuran en los mapas.”

 



 
 
 

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Invitado
15 nov 2025
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No estoy en el mundo de la letras, tampoco de la politica, Ciudadana...me emociona la reflexion con palabras exactas que describen situaciones y sentimientos aplicables a nuestro mundo donde los que tienen el poder no saben de " rios verdaderos "

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