top of page

La otra Confederación (PARTE 2)

  • Foto del escritor: por Ariel Alejandro Perez Foussats
    por Ariel Alejandro Perez Foussats
  • hace 2 días
  • 6 Min. de lectura

“Del otro lado del río”


Desperté con el rumor del agua. No era sueño, pero tampoco vigilia completa. El aire olía a cañaveral, a río que vuelve eternamente. Me incorporé despacio. El techo tenía vigas a la vista, y la luz que entraba por la ventana era suave, dorada, de esas que parecen haber cruzado esteros verdes de tiempo para llegar.


A un lado de la cama, una mesa de mimbre, una petaca de hojalata, una manta áspera y una carta con mi nombre escrito a mano: coronel Albano Hernández.


No la abrí. Aún no.


Me acerqué a la ventana. Lo que vi me dejó aturdido: no era Arroyo de la China como la había dejado… y, sin embargo, lo era.


Las veredas eran de tierra barrida, el empedrado irregular. Había carruajes, caballos, pregones. Ningún motor. Ningún cable eléctrico. Al fondo, sobre una baranda de hierro forjado, un cartel oxidado colgaba del edificio de una herrería:


“Concepción del Uruguay – Capital de la Confederación”.


Tragué saliva.


Golpearon la puerta. Un solo golpe seco.


—¿Coronel Hernández? —preguntó un joven con uniforme azul oscuro, con bordados dorados y cuello alto—. El Consejo de la Marina Confederada lo esperaba desde su cruce.


No dije nada. Lo seguí.


Como dije. La ciudad era la misma y era otra. Las fachadas coloniales, los timbales sonando a lo lejos, los hombres con sombreros bajos y las mujeres vestidas con paños gruesos, rústicos, si se quiere. Pero algo se respiraba distinto. Como si los hechos hubieran tenido un desenlace menos justo. Como si la historia no hubiese sido traicionada. Empecé a darme cuenta de que la realidad que estaba impresionando mis sentidos no era igual, del todo, a la que había dejado atrás. Definitivamente, estaba en otra versión de aquella Confederación que yo conocía.


Me condujeron hasta un edificio de piedra clara, sobrio, con escudos tallados en bajorrelieve: Archivo General de los Pueblos Libres.


Adentro me recibió una mujer mayor, de rostro anguloso y ojos despiertos.


—Bienvenido, coronel —dijo—.La Armada lo tenía detectado. Su regreso fue advertido al momento del cruce.


—¿Qué cruce?


Ella me entregó una carpeta con cintas rojas.


Adentro, documentos con mi nombre completo, grado, legajo oficial y sellos validantes, que no existían en mi mundo… pero que se veían perfectamente válidos en este.


En uno de los documentos, fechado en Colonia del Sacramento, en 2021, podía leerse:


“Capitán de la Marina Confederada Albano Hernández. Advertido como custodio del umbral. Enlace entre versiones. Vuelve como coronel de marina”.


—Esto es absurdo —murmuré.


—No lo es —dijo la mujer, sin levantar la voz—. No todos tienen la capacidad de cruzar. Usted no es el primero. Pero sí es el único con la cuña que sirve de llave.


Salí del archivo sintiéndome liviano y pesado al mismo tiempo. El joven del uniforme me escoltó hasta la Plaza Mayor.


Una niña se acercó, en silencio.


—A veces los que vuelven no saben que ya se fueron —dijo. Y se perdió entre la gente.


Esa tarde me recibieron en una sala redonda, con paredes de adobe y vitrales celestes. Allí estaban sentadas seis personas: dos mujeres y cuatro hombres. No llevaban uniforme. Eran médicos, maestros, escritores. Gente que hablaba con una cadencia que no buscaba imponerse, sino resonar en conjunto.


—Coronel Hernández —dijo una de las mujeres—. Usted no vino solo. Trajo la cuña, la llave. Y eso significa que la fisura está activa.


—Disculpen. Yo no ostento ese grado. Estoy retirado, pero soy el Capitán de Corbeta Albano Hernández. Oficial de la Armada Confederada.


Con mucho asombro para mí, se me extendió un despacho, firmado por el General Artigas, donde se me nombraba como Coronel de Marina, fechado en 1823.


—¿Qué fisura?


—Entre las versiones —dijo el hombre de barba blanca—. Entre lo que ocurrió… y lo que debió ocurrir. Lo que se quebró puede restaurarse. Pero no sin consecuencias.


—¿Qué quieren de mí?


—Nada que no haya hecho ya —respondieron—. Solo que recuerde. Y elija. Cada historia necesita a quien la sostenga. Usted conoce ambos lados. Solo usted puede cerrar el paso.


Volví a la habitación. Con la carta en la mano, dudé. La abrí. Era de Clara.


Decía:


“El agua guarda la forma del cauce, aunque lo olviden los libros. Recuerda lo que el río te mostró”.


En la feria de esa noche, una anciana me ofreció un espejo pequeño, con marco de hierro labrado.


—Para no perderse entre los reflejos —dijo.


No pregunté cómo sabía.


El río seguía allí. Pero ahora lo presentía. A veces fluye hacia el pasado. O hacia lo que todavía puede ser.


Y esta vez, yo estaba dispuesto a seguir su cauce.


La noche anterior al cruce definitivo tampoco pude dormir.


Me quedé junto al espejo portátil, observando sus destellos a la luz de un candil. Clara volvió cerca del alba. No golpeó la puerta. Entró como si el tiempo no hubiese pasado desde el día en que llamó por primera vez.


—Es hoy —dijo simplemente.


Me tendió la caja laqueada. Dentro, la cuña, la llave.


Partimos antes de que el sol tocara los balcones de aquella Concepción del Uruguay. Cruzamos las callejuelas aún mojadas por el rocío, saludados con una familiaridad extraña, como si fuéramos parte del paisaje desde hacía siglos. Nadie nos preguntó a dónde íbamos. Algunos bajaban la vista. Otros, simplemente, asentían.


Al llegar al antiguo depósito naval —el mismo que en mi mundo era un esqueleto de hierro oxidado—, Clara se detuvo ante la gran puerta cubierta de enredaderas.


—¿Estás listo para recordar lo que no viviste? —preguntó.


No respondí. Introdujo la cuña en la cerradura, nuevamente. Giró. El mecanismo soltó un ruido metálico, largo, como si abriera no una puerta, sino una costura antigua en la piel del tiempo.


Ingresamos. No era como la primera vez que estuvimos dentro.


No había polvo ni ruina. Era una sala octogonal, amplia, con columnas de madera oscura. Al fondo, en semicírculo, se alzaban ocho espejos de cuerpo entero, todos distintos: uno de marco dorado, otro de hierro forjado, uno más de madera rústica tallada con grifos.


Cada espejo reflejaba algo distinto. No la imagen presente, sino momentos, bifurcaciones, destinos.


Uno mostraba el cruce de Las Tunas, pero con Ramírez venciendo.Otro, a Artigas firmando pactos con pueblos libres de toda América.En otro, en Buenos Aires flameaban banderas imperiales bajo control extranjero.Y en otro más, yo mismo descendía de un barco que no reconocía, mientras una multitud lo celebraba.


—Cada versión existe —dijo Clara—. Pero solo una puede sostenerse. Las demás vibran como ecos, esperando su momento para imponerse.


—¿Y si ninguna lo merece?


—No se trata de merecer. Se trata del principio de equidad. De impedir que la fisura rompa el equilibrio.


Se acercó al espejo central. Era plano, de marco circular. No reflejaba nada.


—Este —dijo— es el espejo vacío. Aquel que solo se llena si alguien entra.


Me miró. No había mandato ni urgencia. Solo destino.


—¿Qué hay del otro lado?


—Lo que falta. Lo que espera. Lo que se prometió.


La miré una última vez. En sus ojos había un océano que no conocía. La tomé de la mano. Como aquella vez.


Y dimos un paso.


La luz era otra. Más dorada, más densa. El aire olía a sangre derramada sin miedo, a sudor de caballo, a pasto quemado. Al fondo, los estandartes tricolores flameaban. Hombres y mujeres marchaban en formaciones irregulares. La Confederación Artiguista vivía. Y aún luchaba. Era lo que los rioplatenses querían y merecían.


—Es 1830 —dijo Clara, ahora con un uniforme de campaña. Su cabello recogido brillaba con el sol—. El núcleo de la historia. El corazón.


Un oficial se acercó. Me saludó con un gesto firme, emocionado.


—Mi coronel. Lo esperábamos. El Protector dejó instrucciones precisas. Dijo que usted recordaría.


Me entregaron un sobre cerrado con mi nombre, firmado por el propio Artigas. En su interior, una nota manuscrita:


“Coronel Hernández, querido paisano:Si está leyendo esto, es porque ha elegido respaldar la verdad más frágil: la que pudo ser.No se trata de corregir la historia, sino de vivirla.Confío en su decisión.


José G. Artigas.Jefe Supremo de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres”.


 Desde entonces, caminé junto a Clara los senderos de esta versión de la patria. La ayudé a sellar puntos de fisura. A cerrar puertas sin llave. A evitar que los ecos falsos devoraran la realidad construida por generaciones.


No volví jamás a mi casa del otro lado. Ni a las glicinas. Ni a los papeles húmedos del altillo.


Pero en esta orilla del tiempo, donde el río desemboca en la posibilidad, soy coronel de Marina de la Confederación Artiguista.


Y cada tanto escribo cartas al General. Como si aún viviera. Como si nunca se hubiera ido.

 

Clara las lee en voz alta, con una sonrisa que no necesita explicación.


Dicen, en esta Confederación, que una vez llegó un hombre desde el agua, con una llave de hierro entre sus manos trémulas y una historia en los ojos que nadie se atrevió a discutir.


Dicen también que venía consigo una mujer, de mirada verde, que conocía los silencios del río como si fueran su idioma. O era ámbar.


Nadie recuerda sus nombres.

 

Solo que llegaron del oeste.



 
 
 

2 comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
Invitado
hace 2 días
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Que buen desenlace! Excelente lectura de verano.

Me gusta

Mel
hace 2 días
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Sublime!

Me gusta
bottom of page