El Espiral
- por Ariel Alejandro Perez Foussats

- 1 sept 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 16 sept 2025
“El 31 de marzo de 1933, con apoyo militar y policial, el presidente Gabriel Terra disolvió el Parlamento y el Consejo Nacional de Administración. Se impuso la censura de prensa y se limitaron las libertades individuales. Se convocó a una Convención Nacional Constituyente, que redactó una nueva Constitución en 1934, la cual reforzó el poder del Ejecutivo y eliminó definitivamente el Consejo Nacional de Administración. De esta forma, se clausuró la etapa de reformas sociales y políticas impulsadas por el Batllismo. Terra gobernó de manera autoritaria, con el apoyo de los sectores conservadores. Este período de oscuridad política y social, por el que transitó el Uruguay, se conoce históricamente como la Dictablanda, por su carácter de autogolpismo y su arista de carácter civil y pacífico en contraste con el contexto de Latinoamérica. En esa etapa etaria, muchos ciudadanos eligieron el exilio antes que el silencio”.
(Archivo de Prensa. Montevideo, invierno de 1935).
A los veintiséis, sentía que algo lo arrastraba hacia el borde de sí mismo. Volvió a ese pueblo costero sin saber por qué. Tal vez por el silencio que puede sanar, tal vez por el viento marino que no juzga. Quizá persiguiendo un destino esquivo y añorado. Nunca lo supo. Alquilar una casita baja entre los pinos fue un gesto más intuitivo que práctico. No buscaba descanso. Buscaba otra cosa. Algo que no tenía nombre. No llegarse por esos recovecos del tiempo y del espacio no habría sido una opción para él.
La casa olía a salitre y madera antigua. Por las noches, el viento hacía crujir las ramas y traía el rumor del mar, grave, constante, como si alguien hablara en otro idioma desde muy lejos. A veces creía que ese murmullo quería decirle algo, pero nunca lograba descifrarlo del todo. Cada mañana, el sol entraba filtrado por las cortinas de hilo, dibujando figuras en el suelo como vitrales movedizos. Afuera, los pinos danzaban sistemáticamente, en un proceso por momentos extraviado.
Fue en la playa donde la vio por primera vez. Caminaba descalza por la orilla, los pantalones arremangados, el pelo suelto y húmedo, la mirada hacia el horizonte como quien escucha algo que nadie más oye. La arena, fría y compacta, besaba las pequeñas olas que se remataban en la línea costera. Era el reino de una bruma suave que le daba al paisaje un aire de postal antigua.
Él sintió un estremecimiento leve, como si algo en su cuerpo la reconociera antes que su mente.
—¿Nos conocemos? —le preguntó, sin pensarlo.
Ella se detuvo apenas, y lo miró como se mira una ventana encendida desde la calle.
—No lo sé —dijo—. Pero siento que ya estuve acá. Con alguien.
No volvieron a hablar hasta el día siguiente, cuando coincidieron en la vieja estación de tren. La estructura aún resistía con detenida dignidad: paredes bajas de piedra, techos de zinc, maderas que crujían al caminar. Las vías estaban cubiertas por yuyos altos y oxidados, pero se adivinaba aún el trazado que bajaba desde el cerro hasta el mar. Trocha angosta. Vagones de carga. Ecos de otra época.
Se sentaron en un banco descascarado, frente al andén, sin decir nada al principio. La luz de la tarde entraba en diagonal, dorando todo con un resplandor de sueño.
—A veces tengo la sensación de estar repitiendo algo —dijo ella, mirando las vías—. Como si esta escena ya hubiese pasado.
—Tal vez estamos soñando lo mismo —respondió él.
—¿Vos creés en las vidas pasadas?
—A veces. Y otras siento que no es cuestión de creer, sino de recordar.
Ella bajó la vista. Sus dedos jugaban con una ramita caída en el suelo.
—Creo que algo no terminó, ¿sabés? Como si hubiera quedado detenido.
—¿Entre nosotros?
—No lo sé. Tal vez sí.
No supieron cuánto tiempo estuvieron ahí. A su alrededor, los sonidos eran los de siempre: chicharras persistentes, viento entre los árboles, el rumor del mar de fondo. Pero algo en el aire se sentía más denso, como si otra historia, paralela, estuviera ocurriendo justo al lado.
Entonces vino el apagón, sin destellos, sin sobresaltos, como si cayera un telón oscuro, una hendidura suave en la tela del presente, que se desgarraba más allá de lo temido.
No un recuerdo. Más bien, una superposición.
El banco era el mismo. La misma estación. Pero todo tenía un aire distinto: más pulcro, más ordenado. La madera estaba pintada de verde oliva, las flores crecidas al borde del andén, y por las vías venía avanzando un pequeño vagón de carga con un silbato agudo.
Ella llevaba un vestido claro, corto hasta la rodilla, y una boina azul. Él, una camisa arremangada, pantalones de lino. Ambos reían con una complicidad que parecía recién estrenada. Se miraban como quien está por decir algo importante. Él le tendía una caja de madera pequeña. Ella la abría y encontraba una concha blanca, en espiral. Lo besaba con una alegría mansa. Era el otoño de 1932. O algo muy parecido.
De pronto, la visión cambió. Sin ninguna razón aparente. Como pinceladas traicioneras del tiempo, se construyó de la nada esa habitación de techos altos y paredes empapeladas. Reconoció la casa. La de su familia, como era antes. Afuera, desde la costanera cercana se escuchaban gritos y disparos cerrados. Cerró la valija de bordes metálicos.
—No es seguro quedarme. No con mi participación en los hechos recientes.
Ella se acercó, trémula.
—¿Y si no volvés?
—Voy a volver. No sé cuándo. Pero voy a volver.
Afuera, alguien gritó “¡Viva la Universidad libre!”. La dictadura ya había cerrado el Parlamento. Todo se derrumbaba estrepitosamente. Un instante más y él marchaba, con el alma suspendida entre dos países.
Y luego… todo se desvanecía.
De nuevo el presente. El banco desgastado. Las vías cubiertas de maleza. El cielo nublado. El sonido del mar golpeando con pereza en la costa.
Ella lo miró, como si también hubiese visto todo.
—¿Vos también…?
Él asintió, sin hablar.
Las tardes siguientes caminaron entre los pinos costeros. El bosque olía a eucaliptos y tierra mojada. En algunas partes, el sol se colaba a ráfagas entre las ramas, dibujando círculos dorados. Había mariposas amarillas, y una vez vieron un zorro joven cruzar el sendero.
Por las noches, se sentaban en las rocas junto al murallón, mirando cómo el mar respiraba. Había una ternura entre ellos que no necesitaba palabras. La ternura de los que se reencuentran. De los que ya saben cómo termina.
—Hay algo triste en esto —dijo ella una madrugada.
—¿Por qué?
—Porque se siente como un recuerdo. No como algo que está pasando.
Él guardó silencio. No quería comprobarlo. No todavía.
La mañana siguiente, ella no apareció.
La esperó en la playa. Caminó hasta el bosque, volvió a la estación, se asomó al muelle viejo. Nadie.
El viento había barrido todo rastro. Pero no el eco.
Caminando erráticamente por la playa eterna encontró, en la arena, una concha blanca, en espiral. Exacta. Intacta. Como la del otro tiempo.
La levantó con cuidado. Y al hacerlo, una ráfaga de viento le trajo una voz, suave, apenas un susurro. No pudo distinguir qué decía. Pero supo que era ella. Y entonces, sintió esa certeza: no era la primera vez que la perdía. Ni sería la última.
Guardó la concha en el bolsillo, no como quien guarda un objeto, sino una clave. Se quedó mirando el mar largo rato, tratando de recordar algo que nunca vivió, o que había pertenecido a sus sueños demasiadas veces.
Hay encuentros que no son de esta vida, o esta vida no es más que una página defectuosamente numerada en el libro del tiempo.
Pero pueden regresar, cuando el viento sopla en la soledad de la playa.
“Somos nuestra memoria. Somos ése quimérico museo de formas inconstantes.”
Jorge Luis Borges.




En este relato se puede observar, con una lectura que se disfruta ya que la prosa lírica y elegante lo facilita, el estilo del autor, que es particular, ya tras haber leído dos cuentos es posible otorgarle un género y distinguirlo.
Excelente Ariel. No soy un asiduo lector del género y lograste conmoverme. Muy linda historia. Gracias