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El Sitio Arcano

  • Foto del escritor: por Ariel Alejandro Perez Foussats
    por Ariel Alejandro Perez Foussats
  • 22 oct 2025
  • 8 Min. de lectura

No sabría decir con precisión cuándo escuché por primera vez el nombre de Salvador Barreda. Quizás fue en la sobremesa de una cena estival en Piriápolis, entre damajuanas de vino de uva chinche forradas con esterillas de mimbre y relatos sobre la peste de los perros, o tal vez una tarde, en la biblioteca de una pensión olvidada, cuando hojeaba viejas crónicas del balneario escritas con más entusiasmo que método.


Lo cierto es que su figura volvió a mí de manera intermitente, como lo hacen ciertas melodías que uno cree haber dejado abandonadas en el camino del tiempo y que, de pronto, sin causa aparente, se entonan solas en la memoria. Aparecía mencionado en cartas, en anotaciones marginales de un diario náutico de 1928, incluso en un álbum de fotografías donde se lo veía, siempre en segundo plano, con el sombrero en la mano, la mirada vaga, el cuerpo apenas ladeado, como por una brisa persistente.


El nombre —Salvador Barreda— tenía algo de invención, de seudónimo literario: un nombre puesto por alguien que deseaba ocultar lo verdadero tras una apariencia de claridad. Lo curioso no era tanto su presencia en las fotografías, sino su inalterabilidad: en una imagen de 1930, tomada durante la inauguración del Argentino Hotel —aquel evento fastuoso al que asistió mi tía Eleonor con su vestido de lino crudo—, se lo ve al pie de las escaleras de mármol de la entrada; en otra, fechada en 1938, aparece en el muelle de pescadores, con idéntica expresión. Un coleccionista alemán, huésped crónico del Hotel Piriápolis, me juró que, en una postal coloreada de los años cuarenta —de esas que venden en la feria de la plaza Artigas—, también lo había reconocido, sin rastro de vejez, sentado bajo la glorieta del Parque de la Fuente de Venus.


Los testimonios no eran menos inquietantes. Una modista octogenaria, de apellido Michellini, me confió que lo había visto “toda la vida”, paseando por la rambla en la misma actitud: con paso lento, sin apuro ni propósito. Un exprofesor de dibujo, aficionado al espiritismo, aseguró haberlo retratado en un cuaderno escolar en 1921, sin saber entonces quién era. “No hablaba —dijo—, pero se dejaba mirar. Era como una figura que sabía que estaba siendo observada, y eso lo hacía más real que nosotros.”


A medida que el verano avanzaba y las noches se tornaban más húmedas, mi interés por Barreda se volvió obsesivo. Empecé a buscarlo. Creí reconocerlo, primero en un cuidador del cementerio inglés, luego en un hombre que atendía una librería polvorienta en la calle Atanasio Sierra. Pero no. Ninguno era él. O todos lo eran, y no sabían serlo.


Finalmente lo encontré, o él me encontró, en un atardecer silente frente al mar. Estaba sentado en un banco de piedra de la rambla, con una boina gris y un saco raído, fuera de estación. No me miró, pero supe que me esperaba. No dijo su nombre ni hizo alusión a mi búsqueda. Solamente señaló el horizonte y dijo:


—Usted ya lo sabe, aunque no se lo haya dicho a nadie.


—¿Qué cosa? —pregunté, temiendo la respuesta.


—Que no he muerto porque no es necesario que lo haga.


Lo que siguió fue una conversación breve, acaso más mental que verbal. Me habló de los veranos que repiten el mismo cielo, de los relojes que giran en otro sentido en ciertos puntos de la costa, del instante —único y eterno— en que uno no envejece si se aleja del tiempo por decisión propia. Supe, sin pruebas, que habitaba ese borde. Algo en su tono no era profético ni místico, sino melancólico.


Cuando me levanté del banco, ya no estaba. Creí que lo había soñado. Pero, en una foto vieja que encontré en una tienda al día siguiente, ahí estaba: yo, de espaldas, hablando con él. Y su figura, nítida, intacta. Como siempre. El hombre que siempre fue.


Pocos días después de aquel encuentro inexplicable con Salvador Barreda —o su reflejo—, un curioso paquete llegó a mi hospedaje en la calle Niza. Venía sin remitente, envuelto en papel manteca y atado con hilo de algodón. En su interior hallé un cuaderno de tapas duras, escrito a mano con letra firme, ligeramente inclinada hacia la izquierda. En la primera página figuraba un nombre que no conocía:


“Notas marginales sobre el Tiempo en Piriápolis – Ireneo Esquivel, Montevideo, 1962.”


El cuaderno no era extenso, apenas unas cincuenta páginas, pero su contenido me trastornó. Esquivel —bibliotecario de profesión, discípulo de una corriente ocultista derivada de la Sociedad Teosófica— sostenía que Piriápolis había sido construido sobre una “rejilla natural de interferencia cronotópica”, donde los cristales de cuarzo enterrados bajo el cerro San Antonio funcionaban como resonadores del tiempo.


Según él, Francisco Piria no solo conocía esta cualidad, sino que había proyectado el balneario como un dispositivo simbólico, alineado con estrellas fijas y nodos telúricos. Las avenidas principales —Buenos Aires, Piria, Misiones— trazaban geometrías que no obedecían al urbanismo moderno, sino a diagramas herméticos inspirados en la Clavícula de Salomón y los senderos del Árbol de la Vida. El hotel, el castillo y las fuentes no eran ornamentos turísticos, sino puntos de anclaje energético.


Pero lo más perturbador vino en el capítulo V, titulado sencillamente:


“El Factor Barreda.”


Allí, Esquivel relataba el caso de un “sujeto anómalo” cuyas apariciones estaban documentadas desde 1894 hasta la fecha del manuscrito, en diversas situaciones vinculadas a eventos de concentración energética. Lo describía como un hombre “invariable en su aspecto, sin residencia conocida, observado por testigos de diferentes generaciones sin cambios visibles en su cuerpo ni en su vestimenta”.


Lo más llamativo no era la repetición de su presencia —ya eso lo había intuido yo—, sino que Esquivel afirmaba haberlo encontrado personalmente, no una, sino cuatro veces, siempre en los equinoccios y solsticios. Lo había visto aparecer “a la vera del mar, minutos antes del alba, caminando hacia la penumbra como quien entra en otro siglo”.


Barreda no era, en su opinión, un hombre cualquiera, sino una figura emergente del campo vibracional de Piriápolis. No había nacido ni estaba condenado a vivir: era, más bien, un efecto secundario de la sinfonía geomántica diseñada por Piria. “Así como el sonido produce resonancias, el orden simbólico produce entes”, escribió Esquivel. “Barreda es uno de ellos.”


Aquel texto, que me pareció al principio un delirio esotérico, fue ganando verosimilitud a medida que observaba lo que ocurría a mi alrededor: relojes que se detenían brevemente al pie del cerro, fotos tomadas con placas vírgenes donde aparecían rostros desconocidos, marineros que soñaban siempre con el mismo rostro antes de desembarcar. Y, sobre todo, esa bruma lechosa que en algunas madrugadas cubría la costa, dejando a la vista —bajo la bajamar— estructuras que no figuraban en ningún plano: gradas, columnas, como restos de una ciudad anterior.


A las pocas semanas de haber leído el manuscrito de Esquivel, me encontré en la sala de lectura del viejo Castillo Piria. Un vigilante amable, de apellido suizo o alsaciano, me franqueó el acceso a una parte clausurada del archivo, bajo el pretexto de “limpieza de humedad”. Allí, entre legajos inconclusos y sobres con membretes de la Sociedad Teosófica de Montevideo, hallé una carpeta color sepia, sin clasificación visible, que contenía apenas una hoja suelta, firmada de puño y letra por Francisco Piria.


La tinta estaba desvaída, pero el trazo era enérgico. No era un documento oficial, sino una misiva personal dirigida a alguien llamado “D. B.”. El contenido era breve, casi una confesión:


“He vuelto a ver al hombre de la piedra. Lo he visto en el vértice, donde los senderos del Este y del Norte se cruzan. No ha cambiado. Me ha dicho que su nombre no puede pronunciarse del todo sin abrir una puerta. Me ha advertido que su permanencia no es voluntad propia. Yo he comprendido, tarde, que no toda invocación es un acto de dominio. Algunas son meras rendiciones.”


“No volveré a escribir sobre él. Pero sé que vendrá cada vez que el sol esté más cerca del centro. En la próxima estación de fuego, guardaré silencio. Pero, si llegara a no estar, entonces sabrás que he fallado.”


La fecha era inquietante: noviembre de 1890, el año de la fundación oficial del balneario como lo conocemos. Barreda, entonces, no era un visitante: era una presencia anterior a todo. Un dato anterior al propio proyecto.


Decidí entonces hacer lo que haría cualquier personaje de esas historias que leía en las noches de tormenta: buscar el último lugar donde alguien había intentado conocer la verdad.


La pista era clara. En las últimas páginas del cuaderno de Esquivel había una anotación:


“He decidido pasar el próximo solsticio en el Cerro del Toro, con la grabadora y la brújula. Si no regreso, que al menos regresen mis palabras.”


Consulté el acta policial: Ireneo Esquivel desapareció en la madrugada del 22 de diciembre de 1963, sin dejar más rastro que su bicicleta apoyada contra una roca húmeda y una grabadora portátil Uher Report 4000, cuyo contenido había sido rotulado como “ininteligible” y archivado sin mayor interés.


Mediante una gestión de esas que se hacen entre bibliotecarios y viejos profesores, conseguí acceso a la cinta. La reproduje una tarde tibia en una habitación cerrada del Argentino Hotel.


La cinta comenzaba con los sonidos esperables: viento, insectos, la estática propia del aparato. Luego, una voz que reconozco como la de Esquivel —nerviosa, expectante— repitiendo palabras sueltas: alineación… vórtice… Barreda… voz… sombra… geometría invertida... Después, un silencio largo.


Y al final, una frase clara, casi susurrada, que me detuvo el corazón:


“Me ha dicho su nombre. Lo he comprendido. No hay tiempo. No es un hombre. Es la permanencia.”


Volví al cerro una última vez. Lo hice solo, sin decirle a nadie, con la grabadora bajo el brazo y una libreta donde había copiado de memoria la carta de Piria. Era el 21 de diciembre, el solsticio. A esa hora el sol bajaba en diagonal, tocando apenas las piedras de cuarzo ocultas entre los arbustos. El aire tenía una densidad extraña, como si ya no perteneciera del todo a este mundo.


Me senté junto a la fuente seca y esperé. Solo esperé.


Y entonces lo vi.


Salvador Barreda descendía por un sendero invisible, como si caminara desde dentro del cerro hacia fuera. No parecía tener prisa. Me miró con una suavidad sin afecto, como se mira a quien está a punto de recordar algo que ya supo. Llevaba la misma boina gris. La misma expresión sin edad.


No habló.


Pero su presencia era una frase pronunciada sin voz. Una frase que no se dice con palabras, sino con todo el tiempo acumulado.


Comprendí, en ese instante final, lo que Esquivel apenas alcanzó a rozar: Barreda no era un hombre, sino una pausa. Una disonancia entre lo que ocurre y lo que debería haber ocurrido. No envejecía porque no estaba dentro del tiempo. No moría porque nunca había sido del todo creado. Su cuerpo era un residuo de la forma, una resonancia prolongada por el diseño de Piria, un guardián involuntario de ese equilibrio entre lo que es y lo que fue.


Entonces sucedió: el cielo pareció apagarse un segundo. Las piedras crujieron levemente. El mar, allá abajo, se retiró con una lentitud antinatural, dejando al descubierto una escalinata de mármol cubierta de limo —que no figuraba en ningún plano—.


Él me tendió la mano.


Y al tocarla, tan fría, entendí que el relato no podría continuar.


No encontraron mi grabadora ni mi cuaderno. Alguien —quizá usted, lector— hallará este manuscrito un día. No lo deseche. No lo crea del todo. Pero, si alguna tarde lo ve a Barreda bajar del cerro, no lo llame por su nombre.


Porque, si lo nombra… puede que ya no regrese.



 
 
 

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