El Viaje
- por Ariel Alejandro Perez Foussats

- 1 sept 2025
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 16 sept 2025
Habían caminado, primero por la costa, desde lejos, entretenidos en sus conversaciones. Luego subieron a la Rambla antes de la Rinconada, en la última escalera de piedra. El sol de esa tarde de febrero comenzaba a declinar sobre el mar. Un mar sereno, cuyas pequeñas olas besaban la playa de arena muy fina y blanca. El tiempo, desafiando las leyes físicas, comenzaba a apaisarse. Curiosamente, ingresaron en esos instantes breves en que los tonos y las formas se perciben sutiles, tenues. Los colores se vuelven pasteles, y todo es bañado y bendecido por el sol que entra en el mar, desdibujándose y haciendo entremezclar las dimensiones. El eterno ritual cósmico. Hoy como ayer, mañana como hoy.
Los dos se conocían desde hacía tiempo. El aroma del mar de los mismos veranos. Los juegos compartidos con los demás integrantes de aquella legión ruidosa y feliz. No había nada más que pedir: libertad, contención y tiempo para disfrutar en manada.
—Volvamos —dijo él—. Se está poniendo oscuro.
Debieron apurar el paso por un rato largo. Bajaron a la playa nuevamente y cortaron un poco la Rambla, que ya tenía sus luces encendidas. Las palmeras se veían muy crecidas. Mucho, en comparación al año pasado, 1979. Habían dejado la motocicleta a la altura de la heladería El Faro. Siempre contaban con ella. Su compañera de paseos inevitablemente largos, donde los dos disfrutaban de lugares magnéticamente encantados. Ese magnetismo que inexplicablemente podía sentirse, de acuerdo a la perceptibilidad de cada uno, en los cerros, en las rocas del mar o inclusive en algunos parajes en particular. Encendió las luces y partieron. El sonido del pequeño motor era inconfundible, como un ronroneo. El aire fresco del atardecer no solo acariciaba sus rostros. Podían, en una suerte de sinestesia, sentir el aroma y el color refrescante del viento.
—Me debes el paseo de buceo por Punta Fría. Tengo el equipo de snorkel preparado.
—No sé si será seguro sumergirse en ese lugar —dijo ella—. Dicen que hay una pirámide y un trono de piedra debajo del agua.
—Perfecto. Podría ser un viaje emocionante. Y a lo mejor descubrimos algo desconocido hasta ahora, bajo solamente un metro de agua.
La pequeña motocicleta rodaba parsimoniosamente por las calles de grava rojiza del balneario, meciendo los cuerpos de sus ocupantes a tono con las irregularidades del camino. Él, poco a poco, fue aplicando los frenos hasta que llegaron a la casa.
—Hasta mañana —le dijo—. A las diez menos diez. Ese era el horario que habían acordado para todos los días.
Los días pasaban con lentitud, en aquel microuniverso, donde no abundaba la información del resto del mundo. Y si la había, no tenía demasiada relevancia. En la escala de prioridades, ya habiendo superado con éxito el año escolar, con la consecuente promoción, lo más importante era disfrutar de lo que ofrecía la naturaleza. Probar a ser parte del paisaje, acaparar momentos gratos en la inmediatez de ese presente, que poco a poco se escurría de sus vidas como arena entre las manos.
El futuro, tan inmenso y tan prometedor, era una incógnita a revelarse no sabían cuándo. Había algo intrínseco que hacía que debieran considerar la posibilidad de que las cosas no tuvieran el curso esperado. Por eso, cada día que pasaban juntos era algo único, que no se repetiría y, consecuentemente, debían aprovecharlo. Como un regalo.
El día siguiente amaneció nublado, y ya para media mañana corría por la playa un viento fresco. La arena, con la acción dinámica del aire, jugaba a dibujar formas alargadas y serpenteantes, volando seca sobre una superficie muy húmeda, que el mar acariciaba erráticamente.
La tarde los encontró caminando por Playa Grande. El cielo, muy cerrado, amenazaba constantemente con romper en lluvia. El arroyo poco a poco iba aumentando su caudal, seguramente como consecuencia de las lluvias entrando en las sierras. No importaba. Era solamente agua fresca. Por alguna razón se dirigieron donde el mar rompía en las rocas; las olas, en su eterno vaivén, rodeaban los negros promontorios pétreos. Ahí fue donde las vieron. Rodando, escurridizas, en la arena blanca. Antes de que el mar las escondiera nuevamente para siempre, él alcanzó a tomar un par.
Conservaban muy bien su brillo, seguramente por el intenso y permanente movimiento al que estaban sometidas, desde quién sabe cuánto tiempo. Indudablemente eran lo que parecían: dos monedas de oro con el sello de España acuñado. Aparecía también una fecha: 1791.
En ese instante, ella pudo ver cómo esa expresión de asombro y aturdimiento desdibujaba el rostro terso y juvenil de su compañero.
—Las encontré. Finalmente las encontré. Todo debe estar ahí —alcanzó a decir, cuando se percató de que era algo que nunca debió mencionar.
El buque no maniobraba bien. Lo habían cargado mucho con pertrechos, soldados y objetos de diversa índole, que eran imprescindibles para esas tierras lejanas de ultramar, que soportaban continuamente alzamiento tras alzamiento, además de las constantes penetraciones por el norte de sus vecinos, los portugueses.
El buque tampoco contaba con la dotación adecuada de marineros, suficiente para su maniobra completa, en plano seguro y en emergencia. En Cádiz se había cargado más tropa y se había desembarcado gran cantidad de marinos. Esta situación hacía que toda maniobra fuera lenta e insegura. El buque se llamaba “Salvador”, aunque todo el mundo lo conocía como “Triunfo”. Esa madrugada había dado un golpe muy fuerte contra el fondo. El golpe hizo crujir notoriamente su quilla, fracturando severamente sus tracas de fondo y aparadura. El viento aullaba fuera de sí, y los hombres aguardaban en cubierta las idas y venidas de la nave. A bordo de este navío, capitaneado por José Álvarez, se encontraban oficiales y soldados del 29.º Regimiento de Albuhera, al mando del coronel de los Reales Ejércitos Jerónimo Galeano; también un destacamento completo de dragones de caballería, junto con armamento de artillería liviano y enseres adecuados para el combate.
Comisionados a la Banda Oriental del Río de la Plata, estaban ahí para sofocar incipientes revueltas contra la Corona. Se dirigían con rumbo suroeste a la ciudad amurallada de Montevideo. En ese momento estaban a casi 400 cables de la costa, en la bahía llamada del Maldonado. Toda la bahía, salvo la isla de Gorriti, está expuesta permanentemente a los vientos salvajes del sur del Atlántico. Ese día el Triunfo era un cascarón a merced de la tormenta. Muchos de los ocupantes del mismo, oriundos de Extremadura y Castilla, ni siquiera habían oído hablar de este lugar remoto de las colonias en su vida.
El Salvador fondeó durante la noche y la tormenta lo hizo garrear casi 3 millas fuera de la bahía, perdiendo sus anclas operativas y la de respeto. El capitán, en su desesperación por no perder la nave, tomó la peor decisión: ingresar el navío en la bahía, donde vararía contra el banco llamado del Monarca. Allí dio la orden de desarbolar los mástiles para ofrecer menos resistencia al viento, pero fue inútil. Tan solo sobrevivieron 130 hombres de los casi 500 que llevaba a bordo. Muchos de ellos murieron a metros de la playa, como consecuencia de no saber nadar.
Esa madrugada, el capitán hizo jurar a su segundo, el teniente de navío Ignacio La Tusy, que debía recuperar el escudo de popa y la bandera de guerra del navío, símbolo de su lealtad al rey. No debía morir sin hacerlo.
—Esas monedas deben ser muy valiosas —dijo ella—. Deberíamos ir a la Subprefectura a preguntar qué hacemos.
—Lo son, seguramente. Pero hay cosas más valiosas que el oro. Como el honor y la lealtad —afirmó él.
Ya era casi de noche, las últimas luces de aquel día se esfumaban bajo extrañas formas, entrando en el mar. Ese mar eterno. Como el oro. Y como el honor y la lealtad. Desandando el camino, llegaron finalmente a la casa de ella. El beso de despedida fue corto e intenso.
—Nos vemos mañana a las diez menos diez —dijo él. Y su figura fue devorada por la noche, cuya luna ya brillaba opulentamente llena.
Nunca más lo vio. Su familia también desapareció a los pocos días, y solo pudo retener algunas fotografías de ellos dos. Su preferida fue siempre aquella que los mostraba en la Rambla, tomados de la mano, con ese atardecer de fondo. Durante semanas ella salió a caminar sola, por las mismas calles, en horarios diferentes. Iba hasta el puerto o se sentaba en los bancos de la Rambla a contemplar el mar. Sabía que algo extraño seguramente había pasado con él. No podía explicarlo. Solamente lo presentía. Con la certeza callada de quien ha amado de verdad.
Años después, observando una vieja fotografía de ambos, volvió a notar algo que siempre le había llamado la atención: esa forma en que él miraba el mar. Con una mirada profunda, antigua. Como si compartieran un secreto mojado y pretérito.
Pasaron muchos años, la arena de todo ese tiempo se volvía más pesada para él, que todavía continuaba con su tarea. Seguía fiel a su juramento de aquella noche de tormenta. Aún buscaba. No podía morir. No, hasta cumplir la orden recibida aquella madrugada, sobre la cubierta destrozada del “Triunfo”. Tratando de ordenar sus pensamientos tan revueltos, empujó la palanca de avance de los controles de la lancha y, junto a los otros buzos, puso proa a otro punto ignoto del mar, donde continuaría su búsqueda.




muy bueno