La Sombra
- por Ariel Alejandro Perez Foussats

- 5 oct 2025
- 8 Min. de lectura
En el Buceo, los días se disolvían en un vacío apenas perturbado por el rumor lejano del mar y el taciturno andar de Julián, un profesor de literatura que había hecho de la soledad su único interlocutor. Su apartamento, en el último piso de un edificio antiguo, era un refugio hermético donde el polvo de los libros acumulaba el tiempo sin prisa. Las paredes, cubiertas por estantes que desbordaban de volúmenes con lomos agrietados, guardaban el eco de conversaciones imaginarias, citas literarias y silencios inquebrantables.
Montevideo, en la década del setenta, se extendía bajo un cielo plomizo que filtraba la luz sin concederla, una ciudad atrapada en una pausa indefinida. Los rumores políticos, las sombras de la represión y el clima asfixiante de una época sin futuro inmediato pesaban en el aire, pero para Julián todo aquello parecía lejano, un ruido de fondo que no lograba alterar el orden monótono de sus días. La rutina era un mecanismo de defensa contra el colapso, una manera de sostener la fragilidad del tiempo y evitar la revelación de la realidad.
Cada mañana, Julián recorría las mismas calles, los mismos comercios con carteles amarillentos y los mismos rostros imperturbables. Su vida se reducía a una sucesión de gestos medidos, palabras leídas en voz baja para sí mismo, y noches dedicadas a la lectura. Su figura, ensimismada y taciturna, se confundía con la arquitectura de un barrio que parecía haberse detenido en el tiempo.
Fue en un cine pequeño, casi olvidado, donde la realidad comenzó a fragmentarse. Allí, en la penumbra de una sala que conservaba el aroma de las butacas gastadas y el eco de voces lejanas, Julián vio por primera vez a la mujer que habría de trastocar su existencia. No hubo saludo ni intercambio de palabras; solo una presencia que desafiaba la lógica, un halo de misterio que lo arrastró a una trama invisible.
Los días que siguieron, Julián volvió al cine con la esperanza velada de volver a encontrarla. La mujer no parecía pertenecer a ningún tiempo definido; sus gestos, sus silencios y hasta su perfume, difuso como un recuerdo, escapaban a toda concreción. Julián sentía que ella era una figura arrancada de un libro perdido, una aparición construida con fragmentos de lecturas y deseos.
En las tardes largas, mientras repasaba en su mente las pocas escenas compartidas, intentaba articular una narrativa coherente, pero los episodios se deslizaban y se multiplicaban como espejos astillados. Aquella mujer era a la vez una presencia sólida y un fantasma intangible, y esa paradoja comenzaba a regular la percepción de Julián.
Fue en la penumbra de su departamento, al revisar las notas para una clase sobre la ficción y la realidad, que Julián descubrió un patrón inquietante. Las fechas de sus encuentros no coincidían, los lugares parecían superponerse sin lógica, y las palabras que ella pronunciaba se repetían, como si fueran ecos pregrabados.
La revelación fue silenciosa y brutal: la mujer no era una entidad externa, sino una construcción de su propia mente. Julián comprendió que, entre las sombras de su soledad, había creado una compañía imposible, un espejismo que desafiaba la frontera entre el amor y la fantasía.
Este descubrimiento no lo hundió ni lo liberó; lo dejó suspendido en un limbo donde el deseo y la ficción se confundían sin remedio. La existencia, en su forma más pura y trágica, se había convertido en un enigma sin solución.
Intentó alejarse de ella. Durante semanas, evitó el cine, cambió sus itinerarios, se obligó a cruzar calles desconocidas. Sin embargo, su ausencia no produjo alivio alguno; al contrario, la figura de la mujer se hizo más nítida en su recuerdo, como si la distancia la puliera.
A veces, al caminar por Avenida Italia, en el crepúsculo, entre librerías de saldo y cafés que olían a madera y humedad, creía verla sentada junto a una ventana, con un vaso de agua intacto frente a ella. En esos instantes, Julián no sabía si debía entrar y confirmarlo, o seguir de largo para conservar la posibilidad de su presencia.
Por las noches, los libros de su biblioteca parecían conspirar contra su cordura. Las frases de Borges sobre el tiempo circular, las criaturas ficticias que cobran existencia, las duplicaciones de la memoria, se entrelazaban con las de Bioy, con las de Henry James, y se volvían pruebas contra él mismo. ¿Era la mujer un personaje que había creado inconscientemente, o era él quien había entrado en un relato ajeno donde su papel estaba predeterminado?
Montevideo, mientras tanto, parecía seguir el ritmo de esa duda. El mar golpeaba las rocas del puerto con una regularidad hipnótica; el viento arrastraba papeles viejos que se deshacían en las veredas. Y en medio de esa ciudad suspendida, Julián empezaba a sospechar que no era él quien recordaba a la mujer, sino la mujer quien lo recordaba a él.
La vio una noche, o creyó verla, en una de las calles laterales que desembocaban en la rambla. No había viento y, sin embargo, su abrigo largo parecía agitarse como si respondiera a una corriente invisible. Julián se detuvo, y ella giró apenas la cabeza, sin mirarlo de lleno. No intercambiaron palabra: bastó ese instante para que él supiera que seguiría caminando hacia ella hasta que no quedara distancia alguna.
No recordaba cómo llegaron al café. La conversación fue mínima, casi telegráfica, pero en su brevedad había una intimidad que excedía las horas que, según su memoria, habían compartido. Ella hablaba de un libro que nunca nombraba y que, sin embargo, Julián juraba haber leído; él le describía escenas de su infancia que, a medida que las narraba, comenzaban a parecerle ajenas.
En los días siguientes, los encuentros se volvieron más frecuentes… o tal vez era el recuerdo de esos encuentros lo que se multiplicaba. La mujer aparecía en los lugares más improbables: en una librería de viejo, inclinada sobre un ejemplar de La invención de Morel; en un trolebús que ya no circulaba por la ciudad desde hacía años; en un banco de plaza, con un cuaderno cerrado sobre las rodillas, como si aguardara a que él se atreviera a leerlo.
A veces, Julián despertaba con la certeza de haber pasado la noche junto a ella, hablando en voz baja hasta el amanecer. Otras, la buscaba en cada rostro femenino que cruzaba por la calle, esperando reconocer en alguno la precisión de su mirada. El límite entre los días vividos y los soñados comenzó a borrarse. En su libreta de apuntes —donde hasta entonces solo escribía citas para sus clases—, aparecieron frases firmadas con un nombre que no recordaba haber inventado, pero que ahora pertenecía a ella.
Montevideo, con sus faroles de luz mortecina y su mar siempre al borde de la amenaza, parecía haberse confabulado para sostener aquella ambigüedad. La ciudad ya no era un escenario, sino un cómplice.
En una madrugada sin sueño, Julián abrió su libreta buscando una cita para la clase del día siguiente. Entre las páginas encontró un párrafo que no recordaba haber escrito. Una descripción minuciosa de la mujer, desde el modo en que sostenía la taza de café hasta la ligera inclinación de su cabeza al escuchar. Las palabras estaban firmadas con su propia letra, pero no con su conciencia.
Ese hallazgo, lejos de alarmarlo, le produjo una extraña calma. Empezó a buscar más huellas, y pronto las encontró: anotaciones dispersas en los márgenes de libros, pequeños dibujos en papeles sueltos, fechas y lugares que, al cotejarlos, no existían en ninguna agenda real. Era como si su vida estuviera siendo transcrita por una mano invisible que utilizaba la suya como intermediaria.
En una de esas notas halló una referencia a un poema atribuido a un tal “A. de S.”, poeta inexistente según su biblioteca y sus recuerdos. El verso decía: “Te inventé para salvarme de los días que no tenían nombre”.
A partir de entonces, los encuentros con la mujer se tiñeron de una sospecha nueva: ¿era ella quien se aparecía, o era él quien, en algún rincón oscuro de su mente, la escribía en tiempo real?
Montevideo parecía conocer la respuesta. Las calles se volvían circulares, los escaparates repetían objetos que ya había visto en otras esquinas, y hasta el mar parecía narrar, en su vaivén monótono, un relato que solo Julián podía escuchar.
Cada vez que la mujer hablaba, Julián tenía la impresión de haber leído ya sus palabras en alguna parte.
Una tarde, después de su última clase en el instituto, Julián decidió que solo quedaba un camino: reconstruir la secuencia completa de sus encuentros con la mujer. Extendió sobre la mesa del comedor todas las libretas, recortes y papeles donde había anotado fragmentos de conversaciones, descripciones y fechas.
Comenzó por la primera vez que la vio, aquella noche en el cine. Sin embargo, al escribir la escena, se dio cuenta de que no podía precisar qué película se proyectaba, ni qué asiento había ocupado ella. La segunda cita se le escapó en detalles absurdos: recordaba el sabor del café, pero no el lugar donde lo habían tomado. En la tercera, la descripción de su vestido coincidía exactamente con la que había escrito años atrás para un personaje de un cuento inconcluso.
Página tras página, la reconstrucción se volvió un mapa de inconsistencias. Lugares inexistentes, diálogos repetidos palabra por palabra, gestos que pertenecían a rostros de su pasado. La mujer, en su totalidad, parecía estar hecha de retazos: una mirada prestada de una profesora que había admirado en su juventud, la voz de una actriz olvidada, la fragancia de un perfume que su madre guardaba sin usar.
En un momento, Julián levantó la vista y vio su reflejo en la ventana. Era ya de noche; la ciudad se insinuaba detrás del vidrio como una sombra compacta. En ese reflejo creyó distinguir una figura femenina detrás de él, inmóvil, observándolo. Se volvió con rapidez, pero no había nadie.
Regresó a la mesa y escribió la conclusión inevitable: La mujer no existe. Nunca existió. La inventé para no desmoronarme.
El lápiz quedó inmóvil sobre el papel. Afuera, Montevideo seguía su curso lento e implacable, indiferente a la confesión de un hombre que, al destruir su invención, se había destruido a sí mismo.
Esa noche, Julián no encendió ninguna luz. Permaneció sentado junto a la mesa, observando cómo la oscuridad ocupaba el departamento como un huésped esperado. Sintió que, de algún modo, al admitir la inexistencia de la mujer había devuelto algo al lugar de donde provenía, un territorio incierto entre la memoria y el sueño.
Sin embargo, mientras el silencio se espesaba, le llegó un golpe suave en la puerta. Tres toques, pausados. No se movió. El llamado se repitió, idéntico. Julián pensó en abrir, pero supo que, de hacerlo, confirmaría algo que prefería mantener en suspenso.
El golpeteo cesó. Poco después, creyó oír pasos que se alejaban por el pasillo, pasos que se desvanecieron hasta confundirse con el murmullo distante del mar.
Al amanecer, salió a caminar por la rambla. El aire estaba impregnado de sal y de una claridad fría. Sobre un banco, encontró un cuaderno cerrado con una cinta oscura. Lo tomó y, sin abrirlo, supo que en esas páginas estaba escrito, con su propia letra, todo lo que había vivido —o imaginado— junto a la mujer.
No lo abrió. Lo dejó allí, sobre el banco, como si fuera una ofrenda a una presencia que tal vez no había sido más que el reflejo más íntimo y peligroso de sí mismo.
Al alejarse caminando del lugar, Montevideo parecía exactamente igual que siempre, y sin embargo, Julián tuvo la certeza de que alguien tal vez lo estaba siguiendo, invisible, a unos pasos detrás.




Me encantó!
Una historia exquisita!